Por la mañana, la lluvia por fin había cesado.
Una capa fina de neblina todavía flotaba sobre el bosque que rodeaba la segunda residencia de la familia Devereux. La luz pálida del sol se filtraba entre los árboles imponentes y se reflejaba en los enormes ventanales de la mansión. Después de una larga noche tensa, la mañana debería haber sido tranquila.
En cambio, aquella calma se sentía fuera de lugar.
Naomi no despertó hasta que la alarma sonó varias veces. Incluso sus dos asistentes ya habían