Una vez más, llamaron a la puerta.
—Sé que estás ahí —dijo Natalie de nuevo—. ¿Puedo entrar?
Eli se quedó mirando la puerta unos momentos antes de responder:
—Perdón, Natalie. Ahora quiero estar sola.
—Entonces, ¿podemos hablar? Solo un momento —insistió Natalie.
—Quiero descansar.
El tono de Eli seguía siendo amable. No había enojo ni un rechazo brusco en su voz. Pero esta vez no quería abrir la puerta para escuchar algo que quizá solo la confundiría aún más.
Natalie guardó silencio al otro lad