CAPÍTULO 3

El brazalete encantado

            La velada había sido de lo más agradable, sin contar aquella extraña historia que la abuela había contado, su madre había hecho cordero para la cena, y su hermana mayor los había deleitado con una de sus deliciosas tartas de chocolate.

Emily estaba sorprendida de habérselo pasado tan bien, la verdad era que se lo había pasado mucho mejor de lo que esperaba, había disfrutado realmente de aquel cumpleaños. Y aquella historia sobre el brazalete había mantenido a su padre alejado de su cabeza durante todo el día, así que por un momento lo agradeció.

La muchacha subió a su habitación, estaba exhausta, acababa de despedir a su abuela, y aún tenía aquella extraña sensación de añoranza en su interior, tras volver a sacudir la cabeza algo mareada, se sentó en la cama, levantó la almohada y recogió su pijama. Se despojó de su hermoso vestido, y lo dejó sobre la silla del escritorio, agarró su sublime camisón blanco y se lo puso. Caminó con desgana, arrastrando los pies al andar, con sus enormes y abrigadas zapatillas de conejito, hacia el baño, se miró en el espejo, tiró de la horquilla que sujetaba su peinado hacia fuera, sintiendo como su melena se soltaba y caía sobre sus desnudos hombros. Sonrió ante su reflejo, revoloteó su cabello mientras cerraba los ojos divertida, dejándose llevar en aquel momento por un antiguo recuerdo que venía a su mente…

La pequeña Emily de unos 7 años de edad se adentraba en el bosque asustada. Corría y corría alejándose cada vez más de la civilización. Había estado a punto de ser descubierta por su vecina cogiendo flores de su jardín. Y sentía que la hija pequeña de la mujer la seguía.

Se paró en seco, cansada, junto a unos altos abetos, tocando su pecho, sintiendo su fuerte respiración y su pequeño corazón acelerado.

Bajó la mirada maravillada hacia las hermosas margaritas que crecían en aquel hermoso bosque. Se agachó despacio y agarró una de ellas, acercándola lentamente hacia su nariz, quedando cautivada por su aroma. Cerró los ojos dejándose embaucar por el escenario que la rodeaba. Podía escuchar el sonido de los pájaros sobre los árboles, la suave brisa sobre su rostro, el sonido del aire sobre las ramas… todo parecía estar en calma.

Su padre acababa de morir tan sólo unos pocos meses antes, y ella aún se encontraba bastante afectada por ello. Era aquella la razón por la que visitaba la casa de sus abuelos, en aquel hermoso lugar, tan a menudo.

Un extraño sonido, hizo que la muchacha saliese de sus pensamientos y abriese los ojos sobresaltada, temiendo que aquella niña, de la que huía, finalmente la hubiese encontrado. Pero no era ella la que se encontraba de pie frente a ella, era un niño.

Un niño de su misma edad miraba sorprendido hacia ella. Tenía el cabello claro y alborotado. Sus ojos, de un verde intenso la penetraban. Sus ropas algo antiguas para la época y bastante gastadas. Lucía una extraña expresión en su rostro, como si se sorprendiera de haber sido descubierto.

Tan pronto como se percató de aquella mirada, el muchacho, salió corriendo en dirección opuesta, mientras la niña le seguía, intentando alcanzarle.

Tras largo rato corriendo detrás de aquel rápido muchacho, y cuando creía que le perdería el rastro, el niño se paró en seco, admirando un viejo roble, mientras Emily se tocaba el pecho sofocada, observando como el muchacho se agachaba junto al árbol, justo donde el naciente romero en flor brotaba.

Parecía algo deprimido y lloroso. Se acurrucó bajo los helechos, dejando caer su cabeza en la fría hierba, con la intención de reconfortarse, pues el dolor de su corazón era demasiado grande como para seguir huyendo.

Emily se agachó junto al pequeño, preocupada, pues acababa de percatarse de que ya había visto a ese niño una vez, en un sueño, era el zorro de las gomitas azucaradas.

  • ¿por qué estabas corriendo? – preguntó la niña haciendo que el pequeño mirase hacia ella, dándose cuenta, en aquel momento, de que ella le había encontrado. - ¿huyes de alguien? ¿es que… alguien te persigue?

  • ¡Vete! – Le espetó de malas maneras, volviendo a cerrar los ojos, enfadado con aquella niña que estaba estropeando su melancolía.

La niña dejo caer su cuerpo hacia atrás, con la intención de sentarse en la hierba junto al pequeño desconocido, ignorando como sus hermosos calcetines blancos se tiznaban de verde.

  • Me estoy escondiendo – Aclaró el niño, al percatarse de que aquella muchacha no se iría hasta que se lo dijese, sin abrir los ojos, pues por un momento había sido capaz de volver a visualizar el hermoso rostro de su madre, algo que no lograba muy a menudo. Sonrió con melancolía mientras derramaba algunas finas lágrimas.

  • ¿por qué? ¿Has hecho algo malo? – preguntaba sin comprender, pero al no hallar respuesta, decidió hablar desde su experiencia – Yo también me escondo a veces – Reconoció - no porque haya hecho algo malo… me escondo para estar sola. - aseguraba, sorprendiéndose ella misma de pronunciar estas palabras en voz alta, ante un extraño.

  • ¿por qué quieres estar sola? – preguntó el niño levantando la mirada hacia ella, aunque sin levantarse de la hierba todavía.

  • A veces… cuando todo el mundo es feliz, necesito estar sola, porque no me siento para nada feliz… - proseguía mientras su rostro se tornaba triste al recordar el entierro de su padre.

  • Te comprendo, yo también lo hago, mis padres murieron hace poco… - confesaba dubitativo, dejándose llevar por aquella melancolía que se expandía por cada poro de su cuerpo.

  • El mío también murió… - Reconocía con ojos llorosos.

Por unos minutos ninguno de los dos dijo nada, parecía que ambos estaban apenados por sus pérdidas, tan sólo podía escuchar el armonioso sonido del bosque. Pero entonces, el silencio se hizo tan pleno, que ya comenzaba a ser incómodo. El joven la miró con la intención de reconfortarla, pero antes de que pudiese emitir palabra alguna, ella se le adelantó.

  • Si quieres… - Comenzó, se veía que hacía grandes esfuerzos por decir aquello - podemos ser amigos – concluyó, mientras le regalaba una sincera sonrisa a aquel extraño muchacho.

  • No creo que eso sea posible…- negó el niño mientras bajaba la mirada avergonzado, pues sabía que nunca podría tener amigos en aquel lugar - tengo que volver a casa.

  • ¿vives cerca del pueblo? - preguntó la niña curiosa, pues quería saber más acerca de aquel muchacho que había aparecido de la nada.

  • No, no soy de por aquí… - Reconoció finalmente con melancolía - pero puedo volver a jugar otro día. – añadió al ver el rostro decepcionado de la joven.

Sacudió la cabeza intentando alejar aquellos pensamientos, pues sabía que aquel niño no era real, recodaba como su abuela la había reprimido duramente unos meses más tarde por hablar sobre una persona que no existía…

En los lindes del bosque, junto a la vía de tren que unía su humilde pueblo con la ciudad, una pequeña niña se hallaba. Sentada sobre sus tobillos, con aquel abrigado vestido marrón y una cinta de un verde intenso sobre su cabello miel. Sentada sobre la vía, esperaba tranquila y sin miedo a ser atropellada. Pues su mejor amigo le había prometido que volvería y aquel era el punto de encuentro.

  • ¡Emily! – la llamó una voz tras ella, parecía bastante alterada y fuera de sí. La niña se dio la vuelta y miró hacia atrás, donde su abuela corría hacia ella asustada - ¡Sal de ahí ahora mismo! – Exigió, haciendo que la pequeña se diese cuenta de que su abuela temía por su vida, ahora que escuchaba con atención se percataba de que el tren no andaba lejos. Se levantó despacio y caminó hacia su abuela con calma, admirando como esta se abalanzaba sobre ella y la abrazaba después. – Oh, niña tonta. ¿Cuántas veces tengo que advertirte que no juegues cerca de las vías? – la regañó enfadada.

  • Lo siento… - se disculpaba mientras bajaba la cabeza avergonzada, recordando como su mejor amigo y ella habían desobedecido a su abuela tantas otras veces antes. – William dijo que no había peligro.

  • William… - Comenzó dispuesta a contradecirla, pero pronto se dio cuenta de que su nieta volvía a las andadas - ¿William? – Preguntó sin dar crédito a sus oídos - ¿Cuántas veces tengo que decirte que el tal William no existe? Tan sólo es un producto de tu imaginación. – Le espetaba la mujer, haciendo que la pequeña cruzase los brazos enfadada, mostrando así que estaba en desacuerdo.

  • William es mi mejor amigo. No hables así de él, abuela. El si existe – Aseguraba la niña totalmente convencida de sus palabras.

  • Si ese niño existe como dices… ¿Por qué nadie más en todo el pueblo ha oído hablar de él? ¿por qué nadie más le ha visto?

Negó con la cabeza nuevamente, mientras alejaba aquellos dolorosos pensamientos sobre su mejor y único amigo, y caminaba despacio hacia la cama. Al llegar hasta ella, se sentó y admiró maravillada el brazalete que había posado sobre su mesilla de noche. En aquel momento, aquella joya parecía más brillante que antes, aquella hermosa gema esmeralda parecía tener un cierto brillo especial, casi mágico.

Tras alejar cualquier pensamiento extraño sobre él, lo cogió entre sus manos, percatándose de que ya no estaba frío, sino algo tibio, y parecía algo normal, debido a la temperatura de los últimos días.

Giró la joya entre sus dedos, admirando las pequeñas marcas gravadas en el metal, parecía muy antiguo, eran una especie de dibujos extraños, que la muchacha no entendía. Entonces, acomodó aquella vieja reliquia familiar en su muñeca y la levantó en alto, lo cierto era que aquella joya lucía realmente bien en ella.

En ese momento, su corazón latió encogido, pues alguien llamaba a su puerta. Se tranquilizó cuando esta se abrió y se introdujo en la habitación su pequeña sobrina, arrastrando un pequeño osito de peluche tras ella.

  • ¿Puedo dormir contigo? – preguntó la pequeña a los pies de la cama, mientras miraba a su tía con ojos de cordero degollado.

La pequeña Meredith no necesitó respuesta, pues tan pronto como su tía daba palmaditas en el lado de la cama libre, sonrió y se lanzó hacia la cama junto a ella, mientras esta la arropaba y le daba un tierno beso de buenas noches.

Emily se acurrucó junto a su sobrina y cerró los ojos tranquila, estaba demasiado cansada, en poco tiempo se quedó dormida, en aquella profunda noche escarchada…

“De nuevo aquel barco pirata volvía a envolverla, pero por alguna razón había algo distinto aquella vez, no parecía haber ninguna pelea, el mar estaba tranquilo y sosegado en aquella calurosa noche estrellada, desde aquel punto podía admirar la profundidad del cielo brillante, volvió la mirada al frente, la cubierta estaba desierta, caminaba por ella descalza, en camisón, mientras su cabello se ondeaba con la brisa marina. Dio una leve bocanada de aire, inhalando aquel puro y limpio aire oceánico, sonriendo en paz.

En lo más alto, el camarote del capitán, un pirata en la puerta. Su pelo largo al viento, de un cobrizo intenso y mal cuidado, sobre él un sombrero de pirata de tres lados, grande, holgado y viejo. Su rostro moreno y cubierto de algunas cicatrices de batallas pasadas, la barba mal cuidada, aunque no demasiado larga, adornaba su rostro, labios perfectos y rosados, ojos alargados algo tiznados, de un verde intenso que buscaban el más mínimo movimiento en su barco. Y en esos momentos, aquellos ojos habían topado con ella”

Una turbada muchacha despertó una vez más en su cama, con el corazón acelerado, asustada porque aquellos ojos la habían descubierto, por un momento tuvo la sensación de que ya había estado frente a ellos una vez, pero desechó la idea rápidamente, pues nunca había tenido contacto alguno con ningún hombre. Se encontraba en su cama, sana y salva, lejos del barco, lejos de aquellos piratas que podrían causarle daño. Se levantó de la cama con cuidado, pues no quería despertar a su sobrina, caminó despacio hacia el baño, encendió la luz y se miró en el espejo, mientras su reflejo le devolvía la mirada, pensó en aquel sueño…en aquel barco… ¿por qué no había soñado con el mismo sueño? ¿Por qué había cambiado? Se preguntaba extrañada.

Sacudió la cabeza, enfadada, intentando alejar aquellos pensamientos de su cabeza. Abrió el grifo y refrescó su cara con agua fría mientras pensaba…

Todo ha sido un sueño, sólo un sueño… pero… aquellos ojos verdesse decía mientras recordaba lo vulnerable que se había sentido al haber sido descubierta, por aquellos hermosos ojos verdes. Intentaba recordar dónde los había visto antes, por alguna razón tenía una extraña sensación de añoranza, no podía recordar a quién pertenecían esos ojos, pero aún con los ojos cerrados podía sentir su calidez. Aquella mirada le transmitía confianza… ¿por qué no puedo parar de pensar en esos ojos verdes? ¿Por qué me resultan tan familiares? Como si los hubiese visto antes… pero ¿cuándo? No puedo recordarlo… Y el barco… estoy segura de que era el mismo barco. Me gustaría saber qué está pasando… realmente me gustaría volver a ese barco y descubrir que está pasando”

Emily levantó la cabeza cabreada con sus pensamientos, la sacudió nuevamente intentando alejarlos y dirigió su mirada al espejo. Pero… el espejo… no estaba. Ni siquiera el grifo, ni su cuarto de baño, todo había desaparecido.

Se encontraba en medio de la noche, en medio del mar, en aquel barco pirata. Tras cerrar los ojos y abrirlos un par de veces intentando descifrar aquella nueva situación, mientras daba vueltas sobre sí misma, admirando la espesura del mar, se percató de que llevaba puesto el brazalete.

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