Por la tarde, Zavier tenía los huesos de la rodilla destrozados y las extremidades rotas, y acababan de operarle de esas heridas. Antes de que pudiera descansar y recuperarse, James lo había arrojado desde el segundo piso.
Todos los huesos de su cuerpo estaban rotos. Sufría un dolor atroz.
Yacía en un charco de sangre, inmóvil.
En ese momento, sintió miedo de morir.
Le castañeteaban los dientes y suplicaba con voz débil: “No me mates. Te lo ruego. Dame una oportunidad. Soy rico. Puedo da