Me di la vuelta y me arrodillé frente al ataúd de Stella. Estaba muy preocupada porque mi ansiedad nublaba mi corazón. En mi mente, recordé esas cartas escritas por Stella y mi padre.
Justo cuando me levanté dudosa, miré a Stella, que estaba pálida y blanca. ¡Lo que nunca esperé fue que a ella se le abrieran los ojos!
¡Sus ojos eran enormes, como dos grandes campanas que me miraban!
Asustada, tropecé, caí al suelo y temblé mientras trepaba hacia la salida. ¡De repente, las luces del salón pri