En la ala médica, el eco de los llantos de los recién nacidos llenaba el aire mientras Amaris sostenía a los pequeños en sus brazos, dejando que la dicha de la maternidad se mezclara con la tristeza que aún pesaba en su corazón. Los médicos y sanadores, con destrezas expertas, continuaban cuidando de la reina y sus herederos, creando un santuario de vida en medio del castillo envuelto en duelos.
Cada instante del parto era una odisea de emociones. Amaris, entre contracciones, se sumergía en la