El eco distante de cuernos me despertó sobresaltado a la mañana siguiente. Salté de la cama y comencé a vestirme apresurado, mientras Risa se hacía un ovillo bajo las mantas.
—Despierta, amor mío —la llamé sin alzar la voz—. Los clanes ya están llegando.
Me eché encima la camisa, y al volverme hacia ella, vi que la odiosa cinta negra se había desatado y Risa la sostenía sobre sus ojos con sus propias manos.
—Buenos días, mi señor —murmuró adormilada, atándola una vez más—. Ve, pues. Que tengas