La llevé en mis brazos a la cama, donde nos acostamos frente a frente, nuestros cuerpos enredados. Su confianza y sus sacrificios merecían algo más que besos, y se me ocurrió que tal vez era momento de abrirme más a ella. Al fin y al cabo, siempre había querido explicarle, en la medida de lo posible, la situación que aún me obligaba a mantener nuestro amor en secreto.
—Mi posición en la manada depende de lo que ocurra este verano —dije, atento a sus reacciones para saber si le importaba lo que