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Acorralado, sin saber qué hacer para que nadie advirtiera la verdadera situación, opté por enfadarme. Mi enojo por aquel encuentro distaba de ser fingido, sólo me limité a exagerarlo. Me planté donde estaba y le gruñí a mi pobre pequeña, mostrándole los dientes y rogándole a Dios que me sacara de ese aprieto.

La esencia de Risa se agrió de miedo instantáneamente, y se inclinó ante nosotros

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