No pensando con claridad, pregunto a la joven sobre si recordaba los lugares del cuerpo que habían sido invadidos y ensuciados. La joven guardo silencio sintiendo vergüenza, ladeando la mirada el mayor, inquieto ante la respuesta que no obtuvo.
Desesperado, le recorrió la espina dorsal de arriba con el pulgar, seguido de la yema de los dedos que se unieron, notando que no lo rechazaba en absoluto.
–Debes odiar el tacto de ese hombre –siguió sin respuesta– ¿Odias el mío? –volvió a recorrerle l