Tome el consejo dejando que las lágrimas salieran sin demora, mientras mis labios permanecían sellados, incapaces de agradecerle o preguntarle que hacia ahí y por qué me trataba tan bien.
–Llegamos –anuncio, asiéndome consciente de lo que hacía.
Abrió la puerta de la habitación, y sin encender las luces me deposito con delicadeza sobre la cama; retiro de manera pulcra las pantuflas, al igual que las lágrimas de mi rostro, tocando mis hombros con cuidado para que me acostara sin pro