Esmeralda
El aroma a medicamento inundaba mis fosas nasales; mis ojos luchaban por abrirse, pero la luz no me lo permitía. Escuché a alguien caminando hacia mí. Ese aroma... mi padre. Fue él quien me ayudó a sentarme. Estaba confundida; mi cabeza amenazaba con explotar. Me dolía todo. De pronto, vi la luz que entraba por la ventana.
—Han pasado dos días —dijo Diamante; ella estaba junto a mi hermano, de pie en la puerta—. Debes descansar —añadió.
Enseguida recordé. Un accidente, Íker. ¿Dónde est