Isabella sonrió ampliamente, reconociendo la verdad en esas palabras. —Lo es. Y por eso mismo eres tú quien tiene que darle la cara. Ahora mismo, ella necesita a un hombre que sea lo bastante valiente como para quedarse de pie en medio de esa tormenta. —Se acercó y le dio unas palmaditas a la caja sobre su rodilla, negándose a tomarla—. Ve para allá, Derek. Si te cierra la puerta en la cara, al menos sabrás que lo intentaste. Pero ni se te ocurra mandarme a mí a hacer tu trabajo sucio.
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