El silencio en el interior del coche era ensordecedor.
Derek estaba sentado en el asiento del conductor, agarrando el volante a las diez y diez con los nudillos blancos. No arrancó el motor. No podía. Se limitó a mirar fijamente a través del parabrisas hacia la calle a oscuras, con la imagen de Olivia —furiosa, temblorosa y completamente destrozada— grabada a fuego en sus retinas como un destello solar.
«Me enamoré de ti. Hasta las trancas».
Las palabras daban vueltas en su cabeza, como un disc