Mi cabeza no deja de darle vueltas a todo lo que ha pasado con Haizea. Tengo miedo, demasiado miedo diría yo y es que sé en lo que estamos metidos, o mejor dicho en lo que yo la he metido. Estoy tan perdido en mis pensamientos que apenas me doy cuenta de que ella ha entrado a la cocina.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando —la regaño.
Ella no me hace caso, se para a mi lado y apoya sus manos sobre la encimera mientras que me mira fijamente.
—¿Quiénes eran? —cuestiona firmemente y sé que