SARA.
Adam entrelazó mi mano con la de él ofreciéndome una sonrisa, y luego me besó las mejillas mientras cerré los ojos.
Estaba muerta de pánico, primero porque íbamos a llegar en modo sorpresa a esa casa, la cual nunca había pisado, y segundo, tenía un suspenso en el alma por la forma en que me mirarían los padres de Adam.
Era obvio que yo no era la que había huido, pero si había ocultado a su nieto.
Habíamos decidido enfrentar el mundo dos días después de aquella mañana en la playa, y aunque