—¡Te atraparé, perra! —le gritó Christopher a Kimberly. Se puso rojo y sus ojos parecieron salirse de sus órbitas—. Todo esto es culpa tuya. Te atraparé, y cuando lo haga, te haré desear estar muerta. ¿Me oyes?
Las últimas fuerzas que le quedaban se desvanecieron. En ese momento, Kimberly no pudo soportarlo más. Se sentía débil. Le entregó el teléfono a Asher.
—Habla con mi padre. Quizás puedas hacerle entender. No me escucha —dijo.
Luego, al sentir que las piernas le fallaban, se agarró a una