—Asher, yo… —comenzó ella.
Él le puso los dedos en los labios. —No digas nada, Kimberly. No tienes que hacerlo.
—Sí, tengo que hacerlo —dijo Kimberly—. Me salvaste… otra vez. No solo de Christopher. Sino que me demostraste que era fuerte y capaz.
—Siempre lo supiste. Siempre lo has sido —respondió Asher.
—Quizás, pero nunca antes había tenido que demostrarlo —se encogió de hombros—. Te disparé.
—Bien por ti. Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir… Para salvar a tu padre.
—Ah, claro. Co