El desayuno había concluido en la imponente mansión de los Kazcanov, y Brihana, con un aire de resignación, caminó hacia el estudio de su padre, tal como él lo había solicitado. Al entrar, el hombre, de rostro severo y mirada imponente, le indicó con un gesto que tomara asiento. Su padre, Anatoli, era conocido por su temperamento rudo y su carácter inflexible, pero en ese instante sus ojos parecían suavizarse levemente al encontrarse con los de su hija.
"¿Cómo estás?", fue lo único que le preg