La extensa finca de los Russo se alzaba como una fortaleza en las afueras de la ciudad, sus puertas de hierro custodiadas por hombres con ojos de halcón y armas ocultas bajo chaquetas negras hechas a medida. En el interior, el aire estaba impregnado del aroma del mármol pulido y el dinero viejo, pero para Ramona, se sentía más como una jaula de oro.
Victor Russo, su marido de nombre y su amante en momentos fugaces, se había ido por tres meses esta vez. Algún trato con los colombianos, había di