Los dedos de Kamin se hundieron más profundamente en mi coño empapado, curvándose de la manera justa para golpear ese punto esponjoso dentro de mí que hacía que mis dedos de los pies se encogieran contra las sábanas revueltas.
Todavía estaba de espaldas de la última ronda, con las muñecas atadas holgadamente a la cabecera con esa bufanda de seda, mi cuerpo era un lienzo de sus marcas... huellas de manos rojas en mis nalgas por los entusiastas azotes de Kamin, tenues marcas de mordiscos a lo lar