Sus movimientos, su ritmo, eran medidos, lentos. Disfrutaba cada segundo con deleite, construyendo de a poco un calor abrazador. Su mano se cerraba con más fuerza sobre las muñecas de Adele cada vez que ella intentaba igualarle el ritmo, era inquieta, buscaba más contacto con las caderas. La veía desde arriba, como su cuerpo se ondulaba y lo recibía con entusiasmo. Y esa cara que gesticulaba cada pequeña sensación, con los labios entre los dientes y el pecho agitado.
Lo miraba directo a los ojo