Cecilia, que no conocía a Diego y no estaba segura de si estaba de acuerdo o no, se quedó mirando a Bosco con perplejidad.
El hombre tiró su teléfono sobre la mesita: —a dormir, está de acuerdo.
Al oírle decir eso, se calmó Cecilia, sus labios esbozaron una sonrisa suave.
Ya consiguió su propósito, no se quedó ni un momento más, estaba a punto de salir de la habitación.
Bosco la detuvo: —¿Adónde vas?
—Diana me sigue esperando en el piso, que está de mal humor, voy a ir a hablar un rato con ella.