El padre de Alfonso, Vilian, se acababa de despertar. Se sentó en la cama con la espalda apoyada contra el cabecero.
La habitación bien amueblada en la que se encontraba estaba brillantemente iluminada por una araña de luces que colgaba del techo impecable. A su izquierda había una puerta ligeramente entreabierta; supuso que debía ser el baño.
El estado en el que despertó no era tan malo. Salvo que su teléfono no aparecía por ninguna parte; definitivamente se lo habían llevado los ladrones.
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