Aún estaba tumbado sobre la mesa, con un alto ladrillo de hierro sirviéndole de almohada. Pero no le proporcionaba casi ningún consuelo. En su lugar, sentía una gran molestia en la nuca y en la parte posterior de la cabeza.
Todavía no podía mover ni un dedo; sentía como si unas cadenas invisibles lo estuvieran sujetando. Su respiración también era irregular; sentía como si algo pesado e invisible estuviera usando injustamente su pecho como cojín.
A un lado, a la izquierda, estaban sentadas Liza