Alfonso caminaba de un lado a otro en la habitación fría y tenue, con la respiración saliendo en pequeñas y coléricas ráfagas. Tenía los puños apretados y la mandíbula tensa.
—¡¿Qué clase de humano retorcido eres?! —gritó finalmente Alfonso a las paredes, con su voz haciendo eco. Sentía la furia corriendo por sus venas, mientras la impotencia alimentaba su rabia.
—Jajaja... qué tontos son —se burló Vergio, y su risa lenta y burlona resonó de vuelta.
—No te importa lo que soy; este es mi dominio