Dominic Scott
Desperté con Stella recostada sobre mi pecho, sus cabellos rubios esparcidos como hilos de seda sobre mi piel. La luz de la mañana entraba por las rendijas de la cortina, pintando su rostro de tonos dorados. Me quedé allí, inmóvil, acariciando sus suaves cabellos y sintiendo su aroma suave — una mezcla de lavanda y algo dulce que era solo suyo. Los recuerdos de la noche anterior invadieron mi mente como una ola: la forma en que nos entregamos el uno al otro sin pensar en nada más