Capítulo ciento diez
Las esposas apretaban su piel dejándole un leve raspón en sus muñecas, el ardor era poco pero la ira de verse tan debil y expuesta a los demás hacía hervir su mala sangre, sus ojos iban y venían, observando cada paso y ruido que dirigía su mirada hacía el lugar en concreto. Ls personas la miraban con asco y odio, el lugar estaba poblado, y los olores distintibos de cada uno se mezclavan sin llegar a ser uno solo, su corzón dio un pequeño revuelco, un sentimiento de miedo se posicioo en su lugar