Capítulo cuarenta y tres

El clima en ese día de finales de primavera, en septiembre, era perfecto. El sol brillaba y el cielo tenía un precioso tono azul, sin una sola nube que estropeara su perfección.

El cuarteto de cuerdas comenzó a tocar la marcha nupcial y el pequeño grupo de personas sentadas en las sillas de hierro forjado en el hermoso jardín se volvió al unísono, estirando el cuello para ver a la novia.

Theresa se aferraba al

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