—Esas son palabras mayores —sonrió con picardía, acercándose a él.
—No tengo miedo, felina. —Reflexionó inclinando la cabeza.
Flor estaba en su espacio personal. Sólo quedaba una pulgada de espacio entre sus cuerpos por el contacto.
—Muy arrogante de tu parte —murmuró.
—Solo confianza, esposa mía —era un maestro en enmascarar su expresión, pero no podía dejar de sonreír como un tonto.
Sus suaves manos tocaron su hombro y la sacudida de chispas puso a prueba su paciencia. Sus manos se movieron l