—Cásate conmigo, te ayudaré con tus contratos. Necesito una esposa antes de que mi madre me obligue a tener una. Solo necesito un plan para cuando intente jugar a la casamentera. Solo diré que estoy casado —fue la respuesta de Maximiliano—. Te lo pagaré. No exigiré más. Podemos firmar un contrato. Necesitarás mucho dinero y no creo que quieras pedir prestado a tus amigas.
Maximiliano dio en el clavo. Amelia no quería que sus amigas se involucraran en este asunto. Cualquier error podría hacer que sus empresas se derrumbaran. Era mejor confiar en un extraño.
—Trato, pero hay algo que quiero que sepas —comentó Amelia, pensando que al menos debería avisarle.
—¿Qué es eso? —preguntó Maximiliano.
—No esperes que esto sea más que un contrató.
Maximiliano se rió. —No tengo ningún problema con eso. No pienses tan bien de ti mismo, solo quiero una esposa para alejar a las mujeres. ¿Entiendes? —dijo con arrogancia, pero muy dentro de sí sabía que sus intenciones eran otras.
Por alguna razón desc