La noche estaba impregnada de cloro y lujuria; los únicos sonidos eran el fuerte golpeteo del agua.
—No vas a ir a ninguna parte —gruñó—. Ahora eres de papá. Eres la pequeña mascota de papá.
—Sí, papi, soy toda tuya. Me encanta tu gran polla, papi.
El agua convierte cada movimiento en una caricia líquida; su polla de 35 centímetros se deslizaba más adentro, más profundo en mi útero cada vez, ese punto sensible golpeado una y otra vez. Mi mente se había quedado en blanco, reemplazada por un dese