Guillermo se tapaba la cara, muy desconcertado, y decía: —Señorita Lluch, yo... ¡estaba ayudándote!
—¡Cállate!
Irene levantó sus largas piernas y le dio un fuerte puntapié directo en la entrepierna, haciendo que Guillermo se retorciera de dolor y se inclinara forzosamente contra la pared.
Luego, se acercó a Lorenzo con mirada tierna, agarró el cuello de la camisa y dijo: —¿Por qué vienes tan tarde a buscarme? ¡Te extrañaba mucho!
Lorenzo frunció con gran ligereza el ceño: —Irene, no te hagas ilu