4

Y todas las cosas que no dije,

son como bolas de demolición en mi cabeza.

—Rachel Platten, Fight Song.

A L I Y A H

Después de nuestro casi beso, y su broma sin sentido, Keegan había decidido marcharse dando un portazo a la puerta, ya desgastada de esa habitación. Parecía que había estando recibiendo golpes muy duros últimamente justo como el dueño.

Todo apuntaba a que estuviese preso de grandes dilemas. Lo cual viniendo de ese hombre era todo un avance, ya que eso significaba que Keegan podía pensar más allá de la ilegalidad, la mafia, asesinar, robar, cometer crimines, podía pensar en sus sentimientos o fuese lo que fuese que lo estaba perturbando.

Entonces vuelvo a estirarme encima de la cama intentando serenar mis pensamientos, recapitular todo lo sucedido, desde hacía tan solo un día.

Primero de todo, rompí con Charles después de que me pusiera los cuernos delante mío con Tina, mi compañera de patrulla, después de haber jurado literalmente segundos antes, que no lo volvería a hacer y que nuestra boda sería un hecho. Minutos después de eso me adentré en las calles de la ciudad borracha como una cuba y sin avisar a mis amigas de mi ubicación, lo cuál había sido una respuesta poco meditada y precipitada, pero como ha dicho tan solo quería recoger la poca dignidad que me quedaba en esos instantes. Entonces, soy salvada por un hombre trajeado acompañado de dos guardaespaldas de una posible violación grupal. Finalmente,  acabo despertando en la cama de ese mismo extraño, que además de ser el don de la mafia, dice ser mi esposo, es viudo y  tiene una bebé llamada Lou. Para acabar ya de rematar todo, mi tío, el cual debería de velar por mi seguridad, siendo mi jefe, el jefe de los jefes, decide que esta es la oportunidad perfecta para pillar a toda una red de ilegalidad, a eso debemos añadirle un pequeño detalle... Yo no soy una policía experimentada, de hecho soy la que pone multas de tráfico, y hace patrullas en barrios donde la mayor parte de la población tiene cámaras de seguridad privada, y donde la única acción que hay es llevar a la señora Betsy al médico después de que misteriosamente el supuesto ladrón desapareciese en mitad del día sin haber robado nada. Así que sí, estaba jodida. Muy jodida.

Finalmente dejó que el sueño vuelva a apoderarse de mí aún sabiendo que eso sería directamente una tortura sometida por mi de forma voluntaria. Mis pesadillas, jamás me darían una tregua, incluso en situaciones desesperadas como lo era esta.

(***)

Mis sollozos no se escuchan. De repente noto que me estoy quedando sin respiración. Grito. No puedo parar de gritar, de repente siento algo que me lo impide. Es él, en medio de la oscuridad, no le gustan los gritos. Me tapa la boca con su asquerosa mano, intento mordérsela pero no puedo. La adolescente era incapaz de defenderse, el miedo la había paralizado.

Siento como si volviese a tener dieciséis años, siento como si sus manos volviesen a recorrer cada espacio de mi piel.

—Aliyah, ya sabes que a papi, no le gustan tus gritos de gatita—susurra muy cerca de mi cuerpo mientras se acerca finalmente a mis manos para acariciarlas lentamente torturándome de la peor manera. Y de pronto lo veo con claridad, me encuentro atada a la pared en ropa interior, como aquella última vez—Eres la perrita de papi—gimió, intento gritar pero la mordaza que coloca encima de mis labios a penas me deja respirar.

Tan sólo lloro en silencio. Tan sólo me derrumbo una vez más en silencio. Tan sólo muero a poco a poco y todo en silencio.

Esta vez no vendría nadie a salvarme. Mis padres estaban muertos y ellos me habían encontrado de nuevo.

Sabía que era una pesadilla, que estaba soñando, pero no podía parar el sueño, no funcionaba así, tan solo debía ser mera espectadora de mi propia tragedia. Sintiéndolo todo a viva piel. 

K E E G A N

No podía simplemente quedarme a su lado y pretender que lo que estaba  a punto de suceder entre nosotros era algo normal y que no nos pudiese traer mil dolores de cabeza más, y menos cuando ella es Aliyah Rosemonde, y menos cuando mi esposa acababa de fallecer dejándome el corazón y el alma rotos. Como he dicho antes, soy un hombre racional.

Decidí ir a mi despacho y encerrarme ahí. Debía pensar con claridad sin que nadie pudiese estorbar esa paz. Mi prioridad ahora era hablar con mi padre para terminar con la ceremonia oficial de la cesión de poderes. Después de todo, ya tenía a una nueva esposa. Tan solo debería conocerla toda la familia y luego...

Los golpes secos en la puerta de mi despacho por parte de Federico hacen que salga finalmente de mis pensamientos.

—Keegan—me llama el rubio, lo miro serio.

—Dime...—asentí esperando su respuesta.

—Sabes que te tengo una gran estima, incluso mi hermana Rose, te la tiene...—lo observé sin entender muy bien a qué venían sus palabras.

—Lo sé, Ricco, ve al grano...¿Has mandado a investigar a la chica que te pedí?—pregunté finalmente intentando terminar la conversación.

—Aliyah Rosemonde, después de que la encontrasen tirada en medio de la nada, no recordaba nada de lo sucedido, fue llevada con las autoridades, y poco después adoptada por una pareja, los Mendes. Nunca conoció a su familia biológica porque sus padres siempre quisieron alejarla tanto de los Ross por parte paterna, como los Rosemonde, por parte materna. Aún a día de hoy tiene asignada amnesia selectiva, recuerda a base de pesadillas, asiste a terapia con la doctora Mireia, la cual resulta ser una de sus mejores amigas junto a Leia. Una agente destacada. Por lo que respecta a su vida profesional, es una simple agente inofensiva de oficina, prácticamente, jamás ha estado al pie del cañón. Y su vida sentimental está relacionada con nada más ni nada menos que Carlos Nixon, el hijo del mayor proveedor de droga al por menor. Es una de las tantas mafias afiliadas a nuestro clan—habló tomando asiento delante mío.

No pude evitar dejar ir aire llevándome las manos a la cabeza.

—¿Qué pasa?—preguntó angustiado.

—Que tenía una mínima esperanza de que Aliyah Mendes no fuese Aliyah Rosemonde después de todo, que simplemente tuviesen el mismo aspecto...—no me dejó terminar.

—¿Y el mismo nombre?—preguntó con burla arqueando sus cejas divertido.—¿Qué es lo que te preocupa realmente?—añadió serio.

—Me preocupa, mi otro hermanito bastardo, todo lo que pasara cuando se sepa la verdad—le respondí con sinceridad, ya no podría callar mucho más. Habían pasado doce años, ya era tiempo de que la verdad saliese a la luz.

—¿Y no has probado a decirle la verdad a esa Aliyah?—preguntó firme—Quiero decir, llámame loco. Después de todo soy el despreocupado de esta familia...¿Pero no sería mucho más fácil decirle a Aliyah sobre vuestro pasado en común? ¿Pedirle perdón por la estupidez que cometiste ese día por presión de nuestros psicóticos tíos y sus hombres? Para ti tampoco ha sido fácil, Kee. —añadió con seriedad—Sé que nana fue la que te dió la propuesta y la verdad tampoco entiendo como sabe de todo esto. Pero sea como sea, hizo bien. Han pasado doce años. Ella tiene 28 y tu 31. Ya no sois esos niños. Es hora de enfrentar la realidad.

Habiendo hablado y supongo que al ver la inexpresión en mi rostro, Federicco Van Volkov, hijo de una rusa a la que Hugo, mi padre conoció en alguno de los tantos antros que tenía en Moscú, y hermano de Rose Van Volkov, mi mejor amiga, decidió marcharse y dejarme solo con mis peores pesadillas. Sin poder evitarlo recuerdo la primera vez que la conocí, tenía trece años, lo cual significaba que ella tenía diez.

(***)

—Te presentamos a la última ejemplar de Rosemonde, bueno de momento, de ella depende el futuro de esa estirpe del demonio—aclaró mi tío Robert con una sonrisa traviesa mientras empujaba a la niña, quien estaba escondida detrás con la mirada triste, esta soltó una palabrota cuando finalmente la expone delante mío.

La miré con odio. Los hombres ante mi mirada asienten complacidos.

—Creo que deberíamos dejarla sola para que la tortures a gusto—susurro el más mayor de los hermanos antes de marcharse junto al otro y ordenar que los hombres de seguridad saliesen con ellos.

 Aliyah, por su parte estaba entre sorprendida y asustada. Sorprendida al saber que un niño no mucho más mayor que ella era capaz de torturar y asustada por lo que pudiese pasar. O al menos fue eso lo que supuse en esos instantes. Su mirada siempre había sido tan jodidamente transparente que podría leerla sin necesidad de que me hablara.

—No me hagas daño—suplicó en un sollozo rompiendo el silencio la castaña.

La miré de arriba a bajo y de a bajo a arriba de forma exagerada para reírme a carcajada limpia.

—¿Sabes lo qué tu familia ha hecho a mi familia? ¿Lo sabes? M*****a niña...—hablé con fuerza en cada palabra levantando ambas manos para gesticular, gestos que hacen que la pequeña Aliyah tragase saliva.

—No, por favor... No sé de qué habláis yo no soy una Rosemonde... ¿Por qué estáis tan pesados con eso? —aclaró con rabia la pequeña mientras se sienta en el suelo para esconder su rostro entre sus manos. De algún modo ella creía que esa pesadilla acabaría más rápido de ese modo. Despertaría, su padre y su madre la llevarían a casa. Como siempre todo volvería a la normalidad. La niña entró en llanto al darse cuenta de lo estúpida que estaba siendo al pensar que su vida podría volver a la normalidad.

Miré a la niña frunciendo el ceño. Finalmente acabo sentándome a su lado.

Sin poderlo evitar mi mente me hace recordar el día que había llegado aquí y las primeras semanas de aprendizaje que mis apreciados y admirados tíos y mi única familia digna según ellos, me habían dado.

Algo inexplicable hizo que abrazara a la pequeña Aliyah para luego voltear la mirada hacia atrás y finalmente observar una ventana que daba a un parking entreabierta. Aliyah abrió los ojos sorprendida al sentir la calidez de mi abrazo. Pero no pasó mucho tiempo para que el mini Keegan se separase y con todas sus fuerzas abriese la ventana para que la niña pudiese escapar.

—¿Es en serio? Muchas gracias...¿Quién eres tú? —preguntó la niña entre emocionada, con los ojos llorosos, sabía perfectamente que este gesto el lo pagaría muy caro.

La mire a los ojos.

—Alguien con quien no deberías volver a ver en tu vida, por tu propio bien... —susurré escondiendo mi miedo y ¿mi pena?

Sabía perfectamente que lo que estaba a punto de hacer le daría una segunda oportunidad a Aliyah de vivir una vida. Pero...También sabía perfectamente que si volvíamos a coincidir, no dudaría en apretar el gatillo contra ella.

Aliyah me mira con una sonrisa, entonces recuerdo que pensé que era la sonrisa más bonita del mundo.

—Pues opino que eso de no volverte a ver es una tontería, eres muy valiente. Como mis padres. Gracias, desconocido. Vendré por ayuda para ti también, te he visto por las noticias. Estas bestias te tienen igual que a mi...Pero no te preocupes. Volveré a por ti.

Ninguno de los dos sabíamos el verdadero nombre del otro pero no nos importó. La segunda vez que nos volviéramos a encontrar, por desgracia, si lo sabríamos. Al menos yo sí.

Yo por mi parte me doy un puñetazo con todas mis fuerzas y me corto las venas de forma irregular como si hubiese sido Aliyah la que me hubiese agredido.

Cierro la ventana.

Vuelvo a la silla donde mis tíos habían dejado a Aliyah y me doy un puñetazo en el estómago, luego otro en el ojo, mientras no puedo evitar sentir un leve cosquilleo al pensar en la desconocida que había salvado.

Veo como aún permaneciendo inconsciente mis tíos aparecen. Al verme volver en mi, ni siquiera me piden explicaciones me golpean como si no hubiese un mañana.

Rápidamente mi yo del pasado, el pequeño Keegan, comenzó a vomitar sangre, las lágrimas salían de sus ojos, y los gemidos de dolor salían cada vez más desgarrados pero en su mente solo aparecía la sonrisa de la hermosa niña.

Esta vez siento ajeno su dolor. Me duele pero ya no soy el que lo está viviendo a viva piel sino el pobre niño.

Quiero pararle, quiero hacer que se detenga pero no puedo. Mis memorias eran como una jaula para mi y mi alma y más que simples recuerdos parecían auténticas torturas.

Cuando finalmente ya no se queja, de golpe, su cabeza cae rendida al suelo haciéndose una herida en la nuca. Mis tios y sus hombres de confianza se marchan enfadados, la niña ya estaría muy lejos de ahí, sin importarles ni por un momento el hecho de que mi cuerpo estaba tirado y herido. Así me habían criado.

Al día siguiente cuando desperté, recuerdo como la confusión vuelve a apoderarse de mi, de cada poro de mi piel.

—Me lo merezco—sollozó el niño abrazándose a si mismo—Ella debía de morir. Yo soy un idiota por haber pensado lo contrario. Ahora ella estará seguramente con su estúpida familia feliz y les explicaría que yo vivo secuestrado por mis tíos, aunque claro sin saber que ellos me están haciendo un favor. Me estaban convirtiendo en el príncipe...Soy tan idiota—oigo con rabia las palabras de mi mini yo del pasado entendiendo el gran sacrificio que había hecho para convertirme en el temido y aclamado príncipe.

Había pagado con mi alma.

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