—No, no hace falta... —aún envuelta en la toalla y sin ropa, ¿cómo podría pedirle ayuda?
Eso sí que terminaría en la cama.
Parece que volvió a sonreír, porque su voz sonaba divertida cuando dijo:
—Vale, entonces arréglate tú. Estaré en el solárium de la terraza del segundo piso.
—Ah, está bien.
La última vez que vine me dio un tour completo de la casa, así que sabía dónde quedaba el solárium del segundo piso.
Era el área de descanso, construida toda de vidrio templado. En las noches despejadas,