—Me voy de aquí, ocúpate tú de calmarla —solté estas palabras mientras me escabullía por el extremo opuesto del salón.
Pero mi intento de evitar el drama fue inútil, pues Isabel no estaba dispuesta a dejarme escapar.
—¡No te atrevas a irte, María! ¡¿Así que primero me robas el marido y luego huyes como una puta cobarde?! —la voz chillona de Isabel retumbó en el salón, haciendo que todos los presentes se quedaran paralizados.
Los invitados comenzaron a murmurar entre ellos, tratando de entender s