―¿Otra vez? ―dije, recordando que la última vez que irrumpió en mi taller también había estado bebiendo.
Aquella vez terminó con su rodilla perforada por unas tijeras y mi brazo con un corte.
Y ahora, como si hubiera olvidado el dolor, volvía a buscarme ebrio.
―Sí, me sentía mal y el alcohol ayuda a adormecer ―admitió con tono melancólico.
Sin compasión, le advertí fríamente: ―Acabas de salir del hospital, ni siquiera sabes si te has recuperado del todo. Si quieres autodestruirte, hazlo lejos de