—Abuela, ¿qué pasa? Estoy bien —me sorprendí al notar su tono preocupado.
—Carmen acaba de llamarme desde el teléfono de Mariano —respondió furiosa—. Me insultó diciendo que no supe educar, que ni mi hija ni mi nieta valen nada, que armaste un escándalo en el funeral de Isabel sin dejar descansar a la muerta, y soltó un montón de maldiciones.
—No le hagas caso, abuela —fruncí el ceño al escucharla—. Está como un perro rabioso, completamente fuera de sí.
—¿Cómo no le voy a hacer caso? Le respondí