Fred estaba sentado en el borde de la cama, con los ojos vendados, la polla ahora completamente dura otra vez, curvándose hacia arriba contra su estómago. La habitación olía a jabón de hotel y a su propio almizcle.
Ella no perdió el tiempo. Cerró la puerta detrás de ella y corrió hacia él.
—Mira, sé que solo han pasado unos pocos años desde que me casé con tu mamá, pero te considero como mi propia hij… ohhh. Jesús, Ella, cariño, sí. Quiero decir, no —exclamó Fred, pero ya era demasiado tarde.
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