Arruíname

Alena

—Está bien —acepté—. Te bañaré.

Asher me miró como si me hubieran salido dos cabezas.

—¿Lo dices en serio?

Puse los ojos en blanco.

—Tienes dos minutos para decidir si todavía quieres mi ayuda o me voy a casa.

—¡Quiero tu ayuda! —soltó Asher rápidamente—. Por favor.

—Entonces levántate. Vamos a quitarte la ropa.

Asher se puso de pie mientras yo deslizaba su camisa cuidadosamente por encima de su cabeza y la dejaba caer sobre el sofá.

Era la primera vez que veía el pecho desnudo de Asher.

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