Capítulo treinta y uno
El pobre Julián se lleva las manos a la boca y una lágrima se desliza por su mejilla. No entiendo nada, se ve muy afectado, pero acaba de decirle a Milo que ya se estaba aburriendo de Vico.

—Eres un desgraciado —responde y el dolor es palpable en su temblorosa voz.

Se lleva la mano a la frente y me imagino de inmediato como espectadora de una pieza de teatro, completando el escenario con una Melissandre, que se ha sentado y encendido un cigarrillo.

—No deberías fumar en un sit
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