La cámara más allá del arco era circular, paredes forradas con obsidiana negra que bebía la luz de las antorchas. En el centro había un solo espejo —alto, ornamentado, enmarcado en lo que parecía hueso. Su superficie se arremolinaba con niebla plateada, negándose a mostrar cualquier reflejo.
Stephanie se aferraba al brazo de Riley, sus uñas clavándose. “No quiero ir primero. Por favor, Dios, no yo.”
Pero el espejo tenía otros planes.
La niebla se separó, y las imágenes comenzaron a formarse —no