Seguía de rodillas sobre la grava, con la boca llena de su polla, los labios hinchados y las lágrimas corriendo por mis mejillas. Mi coño no dejaba de palpitar; cada latido hacía que otra gota gruesa de mi propia humedad rodara por mis muslos y cayera sobre la tierra. Los faros del coche que había pasado ya habían desaparecido, pero todavía sentía sus ojos sobre mí, y solo con pensarlo me apretaba tan fuerte que casi me corrí otra vez.
El agente Reed me agarró un puñado de pelo y me levantó. Mi