Lo primero que sentí al despertar fue el dolor. No solo el bueno entre mis piernas —aunque ese también estaba ahí, profundo y palpitante, un recordatorio constante de lo completamente que me había destrozado—, sino por todo el cuerpo. Los hombros por su agarre, los muslos de haberlos tenido abiertos durante horas, el cuello en el punto donde había chupado y mordido hasta dejar un moretón.
Lo segundo fue el calor. Todavía estaba dentro de mí, su nudo no había bajado del todo, aunque el sol ya se