Las semanas siguientes a esa noche se convirtieron en una rutina que casi parecía normal, como si hubiéramos encontrado la forma de hacer que esto funcionara sin que el mundo se diera cuenta.
Iba a su casa dos o tres veces por semana, siempre después de que oscureciera, con una sudadera con capucha por si acaso, y colándome por la puerta lateral que él dejaba sin llave para mí.
A veces cocinábamos juntos, o pedíamos comida para llevar y comíamos en el sofá con una película que ninguno de los do