Avery agarró a Elliot por la bata y lo miró fríamente con los ojos enrojecidos. “¡Si decido tomar anticonceptivos o no es mi derecho! ¡No me presiones! Si lo haces, ¡no conseguirás nada!”.
Su voz chillona atravesó la oscuridad.
La sensual manzana de Adán del hombre se balanceó.
“¡Dame mi teléfono!”. Avery miró el largo cuello de él. Si no iba a obedecer, ¡ella iba a morderlo!
“Avery, será mejor que hagas caso a mis palabras”. La mirada de Elliot se volvió sombría. Él dijo con voz ronca: “