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"Puedes despedirte"
La Luna de Sangre proyectaba su luz carmesí sobre el claro ceremonial de Silvercrest, pintando a cada lobo y árbol con tonos de fuego.
Las patas de Rehan se hundieron ligeramente en la tierra mientras ella permanecía al borde, los hombros tensos, su lobo girando nervioso a su lado. La multitud de Alfas, ancianos y miembros de la manada la observaba con expectativas apenas disimuladas o, peor aún, con juicio.
Había sufrido humillaciones públicas antes, pero esa noche, el peso de ello oprimía como si la propia luna conspirara en su contra.
Tragó saliva con fuerza, obligándose a enderezarse. Su loba se acercó a ella, dándole un codazo en la mano, una tranquila seguridad que necesitaba más de lo que nadie podía imaginar. "Tranquilo", susurró entre dientes, aunque su voz le parecía frágil incluso para sus propios oídos.
En el centro del claro, el trono del Alfa se alzaba sobre una plataforma pulida de piedra oscura. Desde esa altura, el Alfa observaba a la manada con autoridad ensayada, una calma calculada que ocultaba las pequeñas indulgencias de su vida personal.
Y allí, a su lado, casi con demasiada naturalidad, estaba su hermanastra. Una suave sonrisa tocó sus labios, los ojos brillando con algo afilado y deliberado. La forma en que se inclinó ligeramente hacia el Alfa, rozándolo bajo el pretexto de un deber ceremonial, hizo que el pecho de Rehan se apretara.
Sospechaba que su hermanastra albergaba resentimiento hacia ella, pero verlo ahora, tan evidente e impenitente, le dolió aún más.
No era mera envidia. Esto era cálculo, maquinaciones, influencia manejada como un cuchillo oculto bajo la seda. La hermanastra de Rehan llevaba semanas susurrando dudas al oído del Alfa, cuestionando la lealtad, su habilidad, su valía. Y el Alfa, débil de voluntad cuando se trataba de sus encantos, le había escuchado.
"Luna Rehan", la voz del Alfa resonó, aguda, autoritaria, resonando por el claro. "Te han encontrado... deficiente. No apto para ocupar el puesto que reclamas. No participarás en los ritos de la Luna de Sangre."
Un murmullo colectivo recorrió la multitud. Algunos fueron educados en su sorpresa, otros sonreíron con suficiencia y algunos susurraron palabras de ánimo demasiado bajas para que ella los oyera.
Rehan sintió cómo el calor le subía a la cara, la vergüenza ardiendo por dentro. Sus patas parecían clavadas en la tierra, su lobo a su lado se tensó y gruñó suavemente.
Apretó los puños a los lados, luchando contra el impulso de desplomarse, de huir del claro y desaparecer en las sombras donde la manada no pudiera humillarla más.
Había soportado burlas antes, pero esta noche sentía como si todo el mundo se estuviera riendo de ella. Y sin embargo, bajo la humillación, la ira se enroscaba como una serpiente.
No la clase de ira salvaje y descontrolada de un lobo, sino la aguda y calculadora que le hacía consciente de cada traición, cada injusticia.
La sonrisa de su hermanastra nunca flaqueó. De hecho, se profundizó ligeramente, tenue y cruel. Rehan lo vio y supo la verdad: ese rechazo no era solo por su debilidad. Era un complot, un plan de su hermanastra. Cada palabra susurrada, cada sugerencia al Alfa durante las últimas semanas había conducido a este momento.
Y el Alfa, fascinado por su hermanastra, entregado a sus manipulaciones, había sido el instrumento perfecto.
El pecho de Rehan se apretó. Sus ojos se posaron en el Alfa, su expresión cuidadosamente neutral, pero la leve mirada a la hermanastra lo delató. Difícilmente era el líder contundente que todos creían.
Quería deshacerse de ella en silencio, demostrar control mientras mantenía oculto su aventura con la hermanastra. Rehan sintió un sabor amargo en la boca al darse cuenta. El rechazo era complejo, complejo y totalmente personal.
Bajó la mirada al suelo, apretando los dientes contra el temblor en su mandíbula. Esto no era debilidad, ni fracaso; esto era traición en movimiento.
Y sin embargo, de pie en el claro bajo la luna ardiente, no podía hacer más que resistir. Su lobo apoyó la cabeza en su pierna, un peso reconfortante, y ella inhaló temblorosamente.
Su hermanastra se inclinó un poco más hacia el Alfa, susurrando algo que hizo que él asintiera sutilmente. El pecho de Rehan se oprimió con una furia que no se atrevía a expresar.
Todo esto había sido orquestado hasta el más mínimo detalle: los murmullos en la multitud, el momento del anuncio del Alfa, la colocación de las manos y la sonrisa de su hermanastra, todo cuidadosamente calculado para humillarla. Cada instinto gritaba que era intencionado. Y así fue.
"Vete", dijo finalmente el Alfa, su voz resonando en el claro. "Puedes retirarte."
Rehan sintió que el mundo se inclinaba. Se quedó paralizada un momento, temblando como el lobo, los ojos recorriendo la multitud. Algunos lobos miraban sus patas, avergonzados o apenados por ella.
Otros la miraban con un desprecio apenas disimulado. Quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. El peso de la traición, la injusticia y la humillación le oprimía el pecho como piedras.
Se giró lentamente, caminando silenciosamente con pasos de lobo a su lado, y salió del claro ceremonial. Cada paso era deliberado, lo bastante lento como para que los murmullos y miradas la siguieran, para que los susurros de cotilleos le rozaran la espalda como cuchillas.
No miró atrás, pero lo sintió, la satisfacción triunfante de su hermanastra, la sonrisa disimulada del Alfa, la red de engaños que la había atrapado.
Una vez fuera del claro, en las sombras de los árboles, Rehan se permitió exhalar. Su lobo le rozó la mano y ella se inclinó para enterrar la cara en su pelaje.
Nadie podía ver el fuego que chispeaba en sus ojos, la rabia lenta y contenida que se negaba a morir. La habían descartado como débil. La habían subestimado. La habían considerado impotente.
Pero no la conocían. No de verdad.
Y recordaría cada rostro, cada susurro, cada traición. Algún día, lo verían. Algún día, lamentarían la facilidad con la que la habían dejado a un lado.
Su hermanastra, el Alfa y la manada que se había vuelto contra ella aprenderían que Rehan no era una chica para descartar a la ligera.
Por ahora, se permitió refugiarse más en el bosque, guiada por el lobo en silencio entre los árboles. Caminaba con pasos medidos, cada uno una promesa para sí misma: ese rechazo no era el final, solo el comienzo.
Y cuando llegara el día, volvería no para pedir aprobación, ni para reconocer, sino para reclamar lo que era suyo por derecho.
La Luna de Sangre ardía alto sobre sus cabezas, pintando el bosque con sombras de fuego y sombra. Y en el silencio, invisible para cualquiera en Silvercrest, el pecho de Rehan se apretó con determinación. La Luna que habían descartado se levantaría. Y todos darían testimonio cuando ella lo hiciera.







