Miguel tenía la nariz totalmente hinchada y la cara llena de moratones, no había un solo lugar en su rostro que estuviera bien.
Lucía, con la cabeza en alto, se sentaba frente a él, con una expresión bastante burlona.
Miguel levantó su vaso y se lo bebió de un solo trago, diciendo con gran ferocidad: —Espera y verás, algún día te voy a poner en tu lugar.
—No tengo miedo de ti, basura, — dijo Lucía con satisfacción mientras tomaba un pequeño trozo de jamón con el tenedor.
Simón sonrió alegremente