Simón apretó los dientes y cerró el puño con fuerza.
Él había pensado que el señor Delfín, sin duda alguna, había considerado este aspecto, pero ahora parecía que no había tenido en cuenta el nefasto destino de los habitantes de Arenastra. Si se llevaba el fragmento de la vasija de dragón, doscientos mil residentes de Arenastra inevitablemente. Simón preferiría no tener el fragmento a costo de tal sacrificio.
—Escucha, hijo, ese es su destino —dijo la mujer líquida.
—No, no puedo hacerlo, lo sie