~ MAREU ~
No me extrañó la palabra "contrato".
Olivia llamaba a la mitad de la vida contrato.
El chocolate era contrato. El horario era contrato. Hasta "promesa de no reír" venía con términos y condiciones.
Lo que me hizo un nudo por dentro fue darme cuenta de cuál era el contrato esta vez.
Porque todavía tenía el rostro mojado, con la voz quebrada en las puntas, y aun así ya estaba haciendo aquello que hacía mejor: intentar transformar un sentimiento que dolía en algo que pudiera ser firmado.